Rafael (cuento un poquito largo)

almacen 

Rafael decidió comprar leche y salió decidido a no volver sin su leche. La vida es un tanto extraña, no sería para nada interesante si uno supiera qué hechos le acontecerán en las proximidades de la hora en la que vive y en la que al mismo tiempo deja de vivir, es cuento viejo que ninguna hora es más que la que pasó. El sólo hecho de que uno piense en esa hora es la principal prueba de que la hora, el minuto, el segundo, la milésima de segundo, ya pasaron. Rafael no era de los que se ponían a pensar en eso, después de todo él sólo quería leche. Camino al almacén se cruzó con una señora que venía cargada de bolsas, tenía el cabello gris y blanco, de canas (no se espere perspicacia del escritor ni mucho menos ya que cayendo en la clásica descripción romántica de un ser humano de avanzada edad, termina usando la frase ‘tenía el cabello gris y blanco de canas’) un cuerpo encorvado por los años y la mirada lejana y triste como la de los que ya terminaron su batalla contra el tiempo y ya son sólo una ola más en su mar, una ola que está llegando a la costa para terminar su viaje (ahora si, téngase en cuenta que el escritor puso un poco más de énfasis en la descripción del estado de la anciana, la metáfora de la ola, si bien es un tanto cursi, es válida para compensar la anterior caída sobre lo común y el llamado “facilismo argentino”) de todas formas a Rafael le importaba mucho llegar a la no muy lejana vereda donde reposaba el almacén que tenía la leche que el tanto quería. Sin embargo, algo en su sangre no era tan frío “señora ¿le ayudo?” preguntó pero nunca obtuvo respuesta, la viejita se quedó mirándolo con esa mirada de los que… bueno, eso de la ola que dije recién. Rafael levantó una bolsa y la viejita empezó a caminar, paso lento, él miraba para atrás cómo se alejaba del almacén más y más. Ya en la casa, la viejita abrió la puerta, le hizo un ademán de que pasara pero Rafael estaba muy apurado y ya había dejado la bolsa en la puerta.Otra vez acercándose al almacén se encontró con el almacenero que, por lo visto, no estaba en el almacén, de haberlo estado no se lo hubiera encontrado a una cuadra de su almacén. “Hola don Rogelio” saludó Rafael pero nada, otra vez nada, don Rogelio se quedó parado viéndolo. Don Rogelio era el dueño de una legendaria almacén “almacén Rogelio” la cual había sido fundada por allá por el treinta, cuando su abuelo Rogelio Evaristo llegaba con sus treinta y siete hermanos de España en épocas de inmigración exagerada, luego la heredaría don Rogelio, este que se quedó parado mirando a Rafael, este que se resistió tanto a que su nieta le regalara una balanza digital, este que todavía usaba la balanza con pesas que estaban rellenas de plomo, las que todos sabían que se les sacaba un poco de plomo para que pesen menos e incrementar las ganancias, pero todos también se quedaban callados, en aquellos tiempos eso era algo común, ya nadie se quejaba, vendría a ser como el I.V.A. “¿necesita algo don Rogelio? Voy a su almacén a comprar leche” nada, silencio y miradas. Nervioso Rafael siguió caminando y por fin llegó al almacén, creo que nunca se imaginó que iba a presenciar eso, creo que nadie se lo hubiera imaginado nunca. La señora del verdulero, Joaquín, el que siempre tuvo el carrito en la esquina y que era como de la familia de todos porque hasta la última vieja del barrio le iba a contar absolutamente todo, el equivalente era algo así: un kilogramo de tomate es igual a quién es el amante de tal persona. Ese carrito vio crecer a Rafael y vio salir al verdadero padre de Rafael por la tapia de la casa del fondo el mismo día en que lo consumaron, dos semanas antes de que la madre de él le contara al padre que iban a tener un hijo, que estaba embarazada, que iban a ser una familia al fin y después de tantos intentos, nunca supo nadie más que el confidencial Joaquín que el verdadero padre de Rafael vivía al lado de su casa, que tenía cáncer a los pulmones y que el hígado que le habían transplantado estaba en constante rechazo. Volviendo a la tragedia del almacén, la señora del verdulero acababa de agarrar la última leche de la heladera “¡vieja hija de puta!” pensó Rafael, con la cara que se dio vuelta la esposa del verdulero uno saca la conclusión de que el insulto fue en voz alta y que lo escuchó, con la misma cara de susto dejó la plata en el mostrador de madera hinchada y se fue a llevarle la leche a su marido “que estúpido, lo dije en voz alta” pensó Rafael… en voz alta de nuevo. Después de un rato en el almacén esperando a ver si volvía don Rogelio con leche, decidió volver a su casa. Salía él y entraba la nieta de Don Rogelio, la que le regaló la balanza digital, la mujer más hermosa que había visto en su vida, la que lograba que él, que nunca salía, termine en bares que no le gustaban, en recitales de grupos que ni conocía, borracho en las esquinas, pero eso ya no culpa de ella si no de los amigos que le jugaban bromas y le decían que el daiquiri era yogurt de durazno.“Hola Banina ¿recién venís de la facu?” pero ella tampoco le contestó y se empezaba a cansar. Se olvidó de la leche y empezó a caminar, definitivamente todos estaban mudos o no lo escuchaban o se había muerto y no se enteró y le quedaban asuntos pendientes y todas esas cosas que pasan cuando uno se muere y pasa a ser como una especie de alma que no la ve nadie o solo algunos como la viejita pero si fuera así ¿cómo pudo agarrar la bolsa si él es materia inconsistente y lo otro materia rígida? (y nótese que el escritor hace bastante que no pone ni un solo signo de puntuación haciendo la lectura similar a una maratón cansadora y frenética)  aparte la mujer del verdulero también lo escuchó. Podría ser que se hayan quedado todos mudos, todos, pero si fuera así las noticias habrían dicho algo, porque por más que los periodistas se quedaran mudos se podrían seguir escribiendo titulares y Rafael vio en la tele antes de salir que seguían las mismas estúpidas noticias de siempre, pero, ahora que lo pensaba no recordaba haber escuchado nada por los parlantes del aparato. Seguía encontrando gente y les hablaba, nadie contestaba, algunos lo ignoraban otros eran amigables pero ninguno hablaba. Decidió viajar, quizás en los pueblos cercanos a su ciudad la gente no había contraído el virus, porque para él era un virus. Así llegó a un pueblito que estaba a unos setenta kilómetros de su ciudad, bajó medio desesperanzado ya que intentó hablar con todos en el colectivo y nada, y eso que no eran de la ciudad. Lo que más desconcertaba a Rafael era con la naturalidad que la gente andaba por ahí sin el don del habla. Entró a un cyber, cyber de pueblo, tres computadoras, todos chateando,  nadie hablando “¿tenés una maquina libre?” le preguntó al muchacho que atendía, este le señaló la maquina dos, no habló “¿cuánto cuesta la hora?” esta vez el muchacho le señaló el carelito de cartón escrito con fibra que decía “$1,50 la hora” tampoco habló. Rafael se fue del pueblo y volvió a la ciudad. Pasaron los años y su vida se volvió aburrida, no tenía con quien charlar, en el trabajo de cadete que tenía le daban los recados escritos, entregaba lo que tenía que entregar y le firmaban recibos, le daban la plata, siempre sin hablar. Dedujo que su novia lo había dejado después de todo ya que nunca más lo llamó por teléfono, aunque el teléfono nunca más volvió a sonar, una sola vez sonó y nadie habló del otro lado, era la excusa perfecta para terminar con una relación que él ya no quería desde que vino a estudiar a la ciudad la nieta de don Rogelio, dicho sea de paso, a la que nunca le pudo robar una palabra, ni siquiera cuando todos podían hablar.Una vez por mes Rafael probaba hablar para ver si había contraído el virus que no permitía hablar a la gente pero no, el sí podía hablar, entonces charlaba con el espejo, el cual tampoco le contestaba si él le preguntaba algo. Hablaba solo, cantaba, por ahí le golpeaban la pared para que se callara, entonces comprobaba que no sólo lo escuchaban, si no que a la gente ya le resultaba molesto ese sonido, el de la voz. Los acontecimientos de su vida se habían vuelto tan aburridos que a veces lloraba desconsolado cerca de la ventana que daba al gigante edificio del sindicato de taxistas (acá vemos al escritor comprometido socialmente, o no, o simplemente hacía tiempo que no analizábamos al escritor y era un buen momento para estar presentes) y recordaba sus charlas con la gente. Una noche, mientras lloraba incansablemente recordó algo que lo hizo entristecer aún más y fue que él nunca charlaba con nadie (estamos en el momento clave para un escritor, este puede ser el punto previo a un final con mensaje moralista y común con moraleja educativa, ejemplo: y descubrió que el mudo era él, que la comunicación es la base de nuestra convivencia con el mundo y volvió a charlar con todos y siendo feliz se casó con la nieta de don Rogelio… veamos)y pensó que “¿para qué me quejo, si me importan tres aceitunas que los otros no hablen?” y fue feliz una noche después de todo, pero al otro día golpearon a su puerta. Un papel decía quien podía hablar igual que él, dirección y número de teléfono. Él le llamó.         ¿Hola?         Si, ¿quién habla? –contestaron del otro lado después de varios años de silencio y de cuentas de teléfono gastadas en vano.         Soy Rafael, recibí un sobre, somos los únicos que podemos hablar.         Si, pero fijate que ahora no tengo ganas de hablar         Si, yo tampoco

Y cortó.
La vieja, la de las bolsas se murió, se murió cuando tuvo que entrar la bolsa que Rafael dejó afuera, pero no culpa de él, si no culpa de su obra social que la tenía esperando un turno hacía ya meses y su corazón no aguantó más.
La mujer del verdulero se separó y se casó con el verdadero padre de Rafael, este murió y ella heredó una fortuna en llaveros con la cara de un cantante ganador de algún reality.
Joaquín el verdulero siguió ahí, enterándose de engaños y chismes, también saciando el apetito sexual de la mayoría de las mujeres mayores que eran clientas de su negocio.
La nieta de don Rogelio se hizo cantante pero fracasó por que no podía hablar, aparte los cantantes no tenían trabajo por más que hubieran podido cantar, a la gente le molestaba el sonido de cualquier voz.
Rafael nunca volvió a hablar con el tipo del teléfono.
El tipo del teléfono jamás volvió a hablar con Rafael, sí con su tía, la sorda.
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7 comentarios

  1. poquito largo. poquito.

    Me gustó el autor que se daba palo. yo lo hice una vez.

  2. si, ya me lo han dicho, que le cortaria? no se, parece que esta destinado a ser largo, parecer largo y volverse largo, lastima el destino del cuentin.

  3. No, no es largo… parece largo, se hace largo; pero es la historia. Hay mucho silencio… los silencios siempre son largos. Pero el cuento no es largo… parece.

  4. los silencios son largos hasta cuando son cortos no? gracias rominita, ya casi sos mi critica personal, casi casi

  5. Si, es casi una regla. Siempre parecen durar mas de lo que realmente duran… por eso siempre son largos. Entonces, es casi casi un placer.

  6. Critica constructiva: ALMACÉN: sustantivo común MASCULINO singular; y no conozco ninguna BANINA, si VANINAS, ojo, no quiere decir que no las haya. El resto, muy bueno, y no, no me pareció largo. En fin.. besos, siempre..!!

  7. yo tenia una compañera en tercer grado que se llamaba banina, y la chica que mas me gustaba del grado, la que me gusto hasta que me cambie de colegio y me gusto otra se llamaba Vanina con V, asi, en el documento que me quede mirando una vez, un rato largo, hasta que me di cuenta que el gordo amigo mio se me cagaba de risa, decia Vanina, gracias por lo de almacen, gracias por pasar, gracias por leer

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